lunes, agosto 18

Dejando una vida atrás: II - Período de adaptación.

Las cosas de Dav a las 17:49:00

Hablan por algunos lares de la tranquilidad de la zona rural, el pueblo, las gallinitas campando a sus anchas, la rutina local, los ancianos en las calles, el silencio de la noche sin bocinas ni persecuciones policiales ni el estrés de una atareada ciudad...

Yo, en cambio, hablo de las Marías y Marujas situadas estratégicamente al borde de sus ventanas y portales, con la fregona en la mano o simplemente apoyadas en la pared, vistiendo sus modernos babis de flores hasta las pantorrillas y luciendo sus tan esplendorosas voces a cualquiera que pasa para contarle lo que sus tan esplendorosos y atentos ojos vieron cuando pasó el anterior.
Sí, yo veo en el pueblo la magia de las zonas de antaño, tan recogidas en las viejas tradiciones, en el puritanismo, en la decencia (consiste en hacer lo que todos hacen), en toda esa cantidad de lugares a los que ir, ese maravilloso rincón del mundo donde nadie te conoce, qué va, donde nunca te cruzas con la persona a la que más odias en el mundo, no, y que ofrece tantas posibilidades, amigos, y experiencias nuevas...


...


...

Cuando llegué con 12 años al instituto no me atrevía casi a moverme. Me daba miedo ver de repente a tantísimas personas tan tremendamente altas, y yo me sentía como una enanita pequeñita a la que podían pisar y aplastar en cualquier momento. ¿Personas menores de 30 años fumando? Eso no lo había imaginado yo en la vida. La gente que contestaba a los profesores, y la obligación de cambiar de clase a cada hora, de dar cada asignatura con un profesor distinto; las mochilas que pesaban más que yo y que, haciendo honor a mi situación de estudiante, me produjeron desviación en la espalda... todo era bastante extraño y confuso.
Las chicas, muy mayores, eran tan altas como los chicos. Tenían curvas como las mujeres de televisión y vestían pantalones ajustados, faldas y cabellos que a veces eran de colores. Algunas llevaban libros en la mano. Se les veía el tirante del sujetador al lado del de la camiseta y se peinaban de muchas maneras. Algunas hasta se maquillaban y enseñaban el ombligo con tanta naturalidad como una madre enseña su pecho a su niño para darle de mamar.
Entre ellos había grupos que se peleaban, y dentro de estos había líderes que dominaban a los demás. Estos líderes solían tener una novia (o novio) y solían dirigir las actividades de su grupo con frases amenazadoras hacia el grupo rival, motivando así a su camarilla. En ocasiones, grupos de chicos se unían a grupos de chicas y comenzaban múltiples emparejamientos de dos meses de relación en los que llegaban a darse situaciones hasta el momento inimaginables para mí.

Yo, pequeña, gorda, con gafas, un pelo horrible y vistiendo las camisetas de flores que mis abuelas me compraban, llegaba al mundo de la adolescencia y no sabía qué tenía que hacer ahí.

Era mi primer año.
Asimilando que ya nadie querría hablar conmigo sobre mis cromos y mis tazos de Pokémon y Digimon, de que ninguna niña querría intercambiar cartas de olor, me encontraba sola en una clase donde el grupo estaba formado por todas las personas excepto otra chica y yo, con su correspondiente líder.
Esta chica había sido compañera mía en algunos cursos de la escuela. Mis "amigos" de primaria ya no me hablaban, resulta que teníamos muchos compañeros de otros colegios y todos se conocían entre ellos, pero yo no conocía a nadie que no fuera de mi colegio, y por supuesto, no había hueco para mí en ningún grupo. Así que esta chica se unió a mí como mi sombra en un día soleado, y comenzó un año interminable, de clases que nunca encontraba, de actividades en grupo (para fomentar el compañerismo, se supone) en los que siempre nos quedábamos fuera y, por supuesto, ninguna teníamos la destreza ni la inteligencia necesaria para hacer nada al nivel de los demás.

He de decir en este punto que yo no disfrutaba nada de la compañía de esta chica, pues se trata de una persona con un problema mental que le hace tener una edad mental mucho inferior a su edad real. Y no, no me estoy metiendo con ella ni riéndome. Es la verdad.

Mi tutor me caía muy bien. Después de la vergüenza que pasé cuando todos se rieron de mí el primer día, el día de la presentación, porque llegué tarde (no encontraba la clase), sola y tropezándome con todas las mesas para buscar una silla del final del aula y traerla hacia mi sitio (me la habían quitado), los estudios me iban bien, siempre y cuando no hubiera personas humanas alrededor.
Si me había habituado a vivir y jugar bastante sola en el colegio, en el instituto aprendí a amar la soledad. Y ese año, puedo asegurar que mi único problema fue que no entendía un tema de un examen, y en ese saqué notable. Mi tutor se portó muy bien y me tranquilizó mucho, aunque tenía una uña amarilla, resquebrajada y enorme en el pulgar derecho que me ponía muy nerviosa.
Mis notas eran puros sobresalientes, seguían tan impecables como en el colegio. Y a la gente bastaba con ignorarla. No tenía realmente ningún problema, supongo que era feliz a mi manera: yo seguía viendo Yu-Gi-Oh por las mañanas en la tele y echándoles un ojo a mis Barbies de vez en cuando, aunque por supuesto eso no podía saberlo nadie.
Yo no quería crecer.
No valía la pena. Si el mundo de los mayores era el que estaba conociendo, no me gustaba nada. Prefería mi inocencia y los chistes sobre tomates que hablan en vez de que los de gitanos que lo hacen cuando la tía tiene la regla.
Allí sólo era mayor y líder del grupo el que decía las patochadas más ridículas, y sólo podía entrar en él el que riera las patochadas y les cayera bien.
Yo, por supuesto, no encajaba en ese perfil.

Daba igual. Todavía quedaban tres años, y con un poco de suerte a esta chica no le volvería a tocar ir conmigo a clase en todos esos cursos porque nos pondrían separadas. Conforme pasaban los meses, cada vez me agradaba menos su compañía.

Sólo tenía que pasar al lado de los más mayores (pero no muy cerca, para que no miraran hacia abajo y se percataran de mi presencia) y escuchar cómo conversaban de estudios, de exámenes, de cosas que yo no entendía. Eso era lo que más me gustaba del instituto en ese primer año de adaptación, y pensar que algún día yo también sería tan alta, llevaría ropa tan bonita, tendría pechos y curvas como esas chicas, unas lentillas que me librasen de mis odiadas gafas, y una delgadez bastante más obvia que la de ese momento. Yo también quería ser guapa y lista. Y quería rodearme de personas que también hablasen de cosas listas. Era, sin duda, la mayor motivación que tenía para no dejarme abasallar por el ambiente de mis compañeros.

Pero para eso faltaba aún mucho.

De momento, el único tema que podía compartir con alguien, sentándome al final de la clase (cosa muy mala, porque no me enteraba de las explicaciones) era, con los chicos malos de turno, los OVNIs. Buscando atención, les hablaba algunas veces de cómo me gustaba mirar al cielo durante horas para no perderme cualquier suceso extraño. Y ellos hacían como que me escuchaban. También intentaba hablar de los temas que antaño (en este caso, el año anterior...) nos habían "interesado", pero ya no querían hablar de series ni de cromos. Preferían hablar de tías buenas y hacer chistes que yo no siempre entendía. Por supuesto, yo les reía la gracia, aunque a veces me daba por quedarme callada al no saber qué decir ante tanta conversacion obscena y extraña, y entonces era peor porque daba el cante de mala manera.
A veces intentaba hablar para meterme en lo que hablaban, pero el 90% de las veces no surtía efecto, y a la cuarta y quinta vez de empezar la frase me cansaba de que me ignoraran o no me dejasen terminarla y bajaba la cabeza para seguir con mi trabajo. Luego tendría otra oportunidad de volver a integrarme en la conversación.
Y así era como yo intentaba integrarme en la "sociedad estudiantil" basada en concursos de popularidad y creerse uno mucho mayor de lo que se es.

Y así sucedió mi primer año de instituto.


De momento, si las cosas no cambiaban, podría pasar así mis cuatro años de secundaria hasta que me llegase el turno de ser mayor y hablar de cosas listas y ser un poco más agradabale físicamente. Tal vez no sería demasiado difícil. Total, el trato que estaba recibiendo por parte de la gente podría ser hostil, y no lo era. Podía darme por afortunada.
Estaba empezando a desarrollar un gusto bastante intenso por el negro y la ropa oscura, a lo que ya le tenía algo de afecto desde un par de años.

3 pilladísimos han opinado sobre esta chorrada.:

Javi dijo...

Bienvenida al mundo de las apariencias y en el que se premia ser vulgar y ser ignorante, también llamado como mundo real. Es lo que te diría hoy día si tuvieras doce años y me contaras todo eso.

Blank dijo...

no habia leído esto, pero para que veas que me voy el tiempo de hacerlo, porque creo que vale la pena, y mucho.
En realidad, en este poco tiempo que llevo leyendo tu blog, leyendo mails y viendo dibujos (xD) me he dado cuenta de algo; nos parecemos bastante.
Si pudiera decir algo en este momento, sería una frase de una canción... de within temptation para variar, pero es increible como se ajusta a la "vida". en fin, para no alargarme tanto con un comentario que al fin de cuentas puede hacerse tedioso el leer, supongo que sería mejor hacerlo una entrada, no?
Ahí podrás entender otras cosas... Saludos, me gustaría saber que otras cosas ocurrieron :)

KarEli dijo...

;D nice que cuentes todo lo que esta pazando _lalalala
Se feliz no hay mas que eso...
Bueno Ser Feliz y El Dota